“Todo perece, nada permanece”. Ese parece ser el nuevo lema de esta “nueva” sociedad nuestra en la que estamos irremediablemente hace ya un buen tiempo. La sociedad del materialismo y el consumo. De la que no se libra nadie. Es una estructura imperceptible pues la tenemos interiorizada desde el inicio de nuestra vida. Nada es casual y todo está encaminado a la educación e inclusión en esta sociedad nuestra realmente extraña, tan alejada de nuestras necesidades y nada que decir lo lejos que está de acercarse a un modelo de talla humana. Un mundo a la medida del hombre y no un hombre que se ajuste al mundo al que ha venido a nacer. Pues el mundo lo hacemos nosotros y no el mundo a nosotros. O así debería ser. Y se debería dar una revolución en la forma de ser de la sociedad. Total. No es inventar nada. Ya filósofos griegos tenían a gala pensar que lo que entonces era un embrión tenía sus fallos. La vida en comunidad, por ejemplo. Y uno de los últimos representantes de esto es Nietzsche. Un autor que debería estar en todas las bibliotecas y ser leído para poder comprender que en este momento, y dada la transvaloración de los valores, sus opiniones y criterios son muy importantes en este momento. Hoy que el “hombre” esta viciado por el sistema, alienado y con unos valores corrompidos por la propia superestructura que ha adquirido vida propia y ha acabado por servir a sus propios intereses y autoalimentarse de ese viejo hombre que debe terminar para convertirse en otra cosa. Algo nuevo. Un nuevo mundo.
Miremos donde miremos todo tiene fecha de caducidad. Desde los yogures hasta los muebles. Pasando por los electrodomésticos, los coches, los ordenadores, los programas de software y hardware … Se produce para que al terminar la “vida útil” del producto en cuestión el individuo - sujeto de este “experimento” global llamado capitalismo, salvaje y totalitario en mi opinión, se vea obligado a comprar. A consumir. Para no estar desfasado con las “últimas novedades”. Esa es la clave. Tirar el pasado a la basura. El bagaje cultural, civilizacional, histórico … no vale, pues los mas guays y modernos somos los del día de hoy. Hay que estar en la “ola del futuro”. Lo mejor de la humanidad esta en el presenta. Y esto tarde o temprano pasa factura a una sociedad que pierde sus referentes y su ser en un mar de confusión e individualismo pretendido despiadado. El hombre debe ser autónomo. Pero no es nadie sin la comunidad en la que nace, se hace hombre (o mujer) y evoluciona como ser humano hasta desarrollarse plenamente.Alarmas rojas se suceden en todo el mundo acerca de que nuestro modelo de mundo, de sociedad, es un tanto incorrecto. El pasado humano es rico y variado. Y hay múltiples vías de las que nutrirse si uno tiene la vista y la mente lo suficientemente abierta como para añadir a las tesis oficialistas las suficientes dosis de duda razonable como para comprender que ha habido, hay y habrá realidades que se desvían de las estructuras convencionalmente ( a veces también legalmente) establecidas. Y nuestra obligación como humanidad es hacer de este mundo un planeta en el que convivir en paz y prosperidad. Es un salto difícil el de pensar en global. Como planeta. Lo mismo que el cambio de modelo de sociedad (¿cambio? Quizá en el pasado de nuestra propia civilización hay elementos ocultados a toda prisa que serian útiles para conformar esa nueva realidad necesaria …).
El mundo necesita un giro radical. Pues como se ve todos los días esta sociedad no es capaz de responder a las necesidades, expectativas y aspiraciones de la sociedad humana. Es por todo ello que en los albores de la Tercera guerra mundial afirmo que si el fin ultimo de la vida en la Tierra es la de gozar de lo que nos ha sido dado y no el sufrir, el próximo lema de nuestra civilización deberá ser “Nada ni nadie será capaz de borrar la huella indeleble de cada hito de la humanidad sobre la gran roca de la historia, cuyas enseñanzas humildemente nos guiarán hacia una sociedad en armonía y a escala humana. Algunas cosas cambian. El espíritu humano es eterno.”
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