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[ # ] Europa y los Estados Unidos
Junio 25th, 2004 under Testuak: Euroberri

Poder y debilidad, De Robert Kagan

Robert Kagan es un analista americano que ha vivido durante varios años en Bruselas. Estudió en la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard y en la de Yale.

Es colaborador habitual, entre otros medios de comunicación, del Washington Post.

Es miembro de la Fundación Carnegie para la paz internacional y ha escrito varios libros sobre historia diplomática de los Estados Unidos y de las tradiciones que explican la política exterior actual de su nación.

Estuvo a cargo del Comité de asuntos ínter americanos en el departamento de estado en tiempos de George Bush padre (1989 - 1993) y fue el principal redactor de los discursos del ministro de exteriores de su país en aquél momento (George Schultz). Kagan, a su vez, es cofundador del ‘think tank’ conservador ‘New Project for an American Century’.

“Poder y debilidad”, subtitulado como “Europa y Estados Unidos en el nuevo orden mundial”, en el original se titula “Of Paradise and Power”, que refleja, si cabe, de mejor forma que el título castellano el background o lo que subyace tras tan pomposo rótulo.

Editado en España en primera edición en abril de 2003, paralelamente a la guerra de Irak, por la editorial Taurus, es un libro editado en forma ensayística de poco más de 160 páginas.

Siempre que se le hace una entrevista o participa en un coloquio saca la “parábola” del cazador y el oso:

Si un cazador dispone de una navaja suiza y ve un oso merodeando por los alrededores lo más probable es que se esté quieto esperando que el oso no le moleste, pero si el cazador tiene un rifle lo más lógico es que el cazador salga a cazar el oso porque para él es una amenaza más seria que dejar que el oso le pille desprevenido.

Esta metáfora intenta captar la realidad internacional. Para Kagan hay dos posicionamientos en el mundo:

- EEUU (Poder): Kagan define a los EEUU como una superpotencia mundial con una capacidad militar aplastante; en especial menciona la piedra angular del militarismo yankee: tener la suficiente redundancia para llevar dos guerras en dos lugares del mundo al mismo tiempo.

- Unión Europea (Paraíso): Defensora de la doctrina de no intervención, de evitar el militarismo a ultranza.

Kagan señala que la UE ha adoptado esta política por debilidad, ya que no es capaz de dar una respuesta armada a conflictos que afecten su integridad. Es decir, para Kagan los EEUU atacan Afganistán e Irak como defensa porque tienen capacidad para hacerlo, la UE no goza de esa capacidad por lo que normalmente suele ser muy vacilante y macilenta en las intervenciones armadas. En este punto expone el caso de la inoperancia europea en la guerra de los Balcanes y de cómo las potencias europeas en el siglo XIX aplicaban las mismas políticas que EEUU cuando ellas gozaban del poder.

Más lejos de su teoría expone que el actual bienestar europeo es consecuencia del paraguas militar americano. America no se ha comportado como una déspota, ha sido un Estado de Derecho y ha dirimido sus diferencias con la UE en el marco de las relaciones diplomáticas; al mismo tiempo que la protegía de posibles ataques de dictaduras, tales como el comunismo de la Unión Soviética.

A grandes rasgos concluye que la UE debería ampliar su presupuesto militar para realizar de contrapeso a los EEUU y con ello mejorar su situación, la del Mundo y la de los mismos EEUU.

Kagan nos señala que ha llegado el momento de redimensionar en su justa medida y actualizar la ínter relación de ambas riberas del Atlántico, pues los intereses estadounidenses y los de sus aliados, especialmente Europa, divergen cada vez más. Abriéndose lo que se ha venido en llamar “la brecha transatlántica”.

Estados Unidos y Europa estarían constituidas, según el autor, en dos realidades conceptuales, con dos “culturas estratégicas” diferenciadas. Estados Unidos sería visto como el personaje de Gary Cooper en “Solo ante el Peligro”.

Necesita pocas excusas para recurrir a la violencia y carece de paciencia para lograr que las gestiones diplomáticas surtan efecto. Además de recurrir a la dialéctica amigo - enemigo y al maniqueísmo muy a menudo.

Prefieren la coerción y no la persuasión. Y no hacen caso en demasía de sistemas colectivos de seguridad multilaterales como Naciones Unidas. Los europeos, en cambio, tratan en toda la complejidad de matices e interpretaciones que subyacen tras los asuntos internacionales. Diplomacia, persuasión, influir en los interlocutores de forma sutil e indirecta, negociación y no tanto la coerción son sus armas. Usan el comercio y los lazos económicos para acercar naciones. Tienen más tolerancia al fracaso y hacen mayor hincapié en los procesos, por encima de los resultados, en la certeza de que aquellos acabarán por materializarse.

Una concepción , que si bien es generalista, tiene sus matices en cuanto que en Europa los británicos serían considerados pro estadounidenses por su historia y su tradición, la Europa central y oriental por su pasado estratégico y la cercanía de la Federación Rusa (ex - URSS) serían más proclives a adoptar la concepción estratégica norteamericana, aun a pesar de haber ingresado en la Union Europea. Y en el caso de Estados Unidos los liberales demócratas tendrían una concepción más “europea” de las relaciones internacionales, siguiendo la tradición de Wilson (los 14 puntos). O incluso el Secretario de Estado con George w. Bush, Collin Powell, sería considerado el más “europeo” de la actual administración. Aun así hay mayores similitudes entre los europeos y entre los miembros de la comunidad política americana (demócratas y republicanos) que la trasversalidad trasatlántica que hace unos años estuvo en boga (etapa Clinton) y que el autor rechaza.

La Europa y los Estados Unidos de hoy se encuentran, según el autor, y en mayor medida de cara al futuro, en posiciones diametralmente opuestas que señalan un nuevo tiempo en lo que hasta ahora se ha venido conociendo como occidente. Y del cual el único vínculo tangible sería la OTAN.

Señala, quizá acertadamente, que Europa desde la fundación de la República americana el 4 de julio de 1776, ha observado una curva decreciente de su poder en la esfera mundial. Principalmente como resultado de la Primera Guerra Mundial, donde la decisiva intervención de los Estados Unidos y el posterior endeudamiento aliado con banqueros estadounidenses, supuso poner fecha de caducidad al dominio europeo en el mundo.

Se mantuvo la ficción durante los años 20, pero el crack de 1929 y las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, en la que la intervención norteamericana en Europa supuso el punto de cambio de una situación de estancamiento al de la victoria ( vini, vidi, vinci ).

Poco después los británicos, que aun estando en el bando vencedor de la guerra, y siendo en el imaginario colectivo del momento una potencia mundial, asumió que Estados Unidos “arrancaría de nuestras heladas manos la antorcha del liderazgo mundial” (Gadis, The long peace, p. 55).

A pesar de lo cual Europa no lo trato como un handicap, sino como un reto, una oportunidad. Puso en marcha un sistema que luego sería conocido como Unión Europea y trató de generar un tercer espacio entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Algo que ya se vino gestando en la etapa de entreguerras y que explica la llegada del Primer Ministro Chamberlain con el Pacto de Munich en 1938. Habían asumido que tras el dictat de Versalles, Alemania tenia derecho a reclamar respeto y orgullo. Y que la paz era posible, algo que en la época todos creían salvo Churchill, que el autor señala como un sabio incomprendido y a quien nadie prestó atención suficiente.

Un diplomático francés destinado en Berlín señaló “Si Hitler es sincero al proclamar su deseo de paz, estaremos en situación de felicitarnos por haber alcanzado un acuerdo; y si sus intenciones son otras, o bien si es substituido por algún fanático, al menos habremos conseguido posponer el estallido de la Guerra, lo que desde luego no deja de ser una ganancia”.

Algo a lo que Göebbels respondió en 1940:

“En 1933 debería haber habido un presidente del gobierno francés que dijera (yo mismo lo hubiera dicho de haberme encontrado en su situación) : << El nuevo canciller del Reich es el autor de Mi Lucha, donde se dice esto y aquello. La vecindad de un hombre así es intolerable: ¡o desaparece o lucharemos!>>. Pero nadie pronunció éste ultimátum. Nos dejaron deslizarnos solos hasta la zona de mayor riesgo, y nosotros logramos navegar por ella sin encallar en ninguno de sus temibles arrecifes. Y cuando hubimos terminado, cuando estuvimos bien armados, mejor que ellos ¡Empezaron la guerra!”.

Estas dos citas demuestran, según el autor, en que claves se encontraban ambos futuros contendientes en al segunda gran guerra. Mientras los aliados occidentales estaban entrando en lo que el autor llama “El paraíso posmoderno” o ideal Kantiano “De la paz perpetua”, los alemanes vivían en un mundo Hobbesiano.

La Europa que basó su sistema de alianzas, según el autor, en una política de poder y un sistema de equilibrios, tras la segunda guerra mundial, fundamentalmente, se reconvierte en un idea posmoderna, basada en la aplicación de la ética y la moral a los asuntos de política exterior. León Blum, Primer ministro francés dijo en 1936 a un ministro alemán “soy marxista y judío, aunque nunca lograremos nada si hacemos de las barreras ideológicas obstáculos infranqueables”.
Gran Bretaña, por entonces aun se encontraba asimilando la guerra pasada, la primera, y eso explica Munich y el apaciguamiento.

Tras la segunda guerra Europa fue perdiendo su presencia territorial en el mundo, lo que aceleró su transformación en el ideal posmoderno de Kant y un modelo más allá de las políticas de poder, tal y como señala el autor. Hecho que impidió el que, líderes americanos tales como Roosevelt, que fallecería días antes de la rendición alemana, o Dean Acheson deseaban, el Reino Unido tomara para sí graves responsabilidades, derivadas del status que aun representaba en el mundo.

Ese ideal posmoderno es considerado por los europeos, y por todo el mundo, como algo tradicional. Un hecho que es consustancial con la idea de Europa, pero que, como señala el autor, únicamente es posterior a la Primera Guerra Mundial, y parte del corpus identitario de la actual Europa unificada. En el pasado el juego de poder y el equilibrio entre potencias basado en el pacto, las alianzas y la igualdad militar en una carrera armamentística fue la base de las relaciones internacionales. La política del poder.

Estados Unidos nació débil. Era un estado recién independizado de Gran Bretaña cuando empezó a intentar jugar un papel en el mundo de entonces. En aquél momento, según el autor, se dió cuenta de la relación de poderes. Europa era (si eso puede decirse) la primera potencia mundial. El sistema de alianzas y la Política de poder era la dominante. Por lo que un estado de reciente creación no podía jugar con las mismas armas que la potencia mundial de aquella época: el Reino Unido.

Estados Unidos apeló entonces, según el autor, a ir más allá de la política de poder. Los líderes de los Estados Unidos de entonces buscaban en el comercio, terreno donde podían competir ventajosamente con los europeos, el terreno donde dirimir las diferencias internacionales, o la formula a través de la cual relajarlas o solucionarlas.

La nueva república, señala el autor, usó la retórica ética y moral en su relación con Europa, puesto que en su actuar en el continente americano, sobre todo en los relacionado con los indios y su expansión al oeste (pero también en su intento de expansión hacia el norte, invadiendo Canadá en 1812, o hacia el sur anexionándose territorios de México) lo que predominó fue el uso del poder militar y las políticas de poder. Únicamente cuando los Estados Unidos se debían medir con los colosos europeos abjuraban, según el autor, del poder, señalándose “incapaces de comprender la importancia de la exhibición de fuerza en materia de asuntos exteriores” (Felix Gilbert, “To the farewell address: Ideas of early American Foreign Policy” Princeton, 1961, p. 17).

El autor observa sobre los llamados padres fundadores americanos que éstos no serían idealistas por convicción sino por necesidad, y estarían en línea con lo que actualmente hoy en día es norma en los Estados Unidos y su política exterior. Jefferson, Washington o Adams abjuraron de la política de poder no tanto porque ese fuera su ideal sino porque se daban cuenta que la joven república carecía de recursos para llevar a cabo una política exterior similar a la de los europeos.

En aquella época al apelar al derecho internacional (por aquel entonces bastante débil y difuso) era en contraposición a Gran Bretaña y Francia, que con sus políticas de poder procedían a su inobservancia, pues la república no tenía poder coercitivo sobre ambos estados europeos.

Los padres fundadores descubrieron que en el derecho internacional “ser fuertes o débiles [ … ] nada importa. Un enano no es menos hombre que un gigante; ni una pequeña república es menos estado soberano que el Reino más poderoso” (Gerald Stourzh, “Alexander Hamilton and the idea of Republican Government”, 1970, p. 134).

Dos siglos más tarde, estadounidenses y europeos han intercambiado papeles … y perspectivas. En parte esto obedece al hecho de que en los últimos doscientos años, y muy especialmente en los decenios más recientes, la ecuación del poder ha cambiado de forma espectacular. Mientras Estados Unidos fue un país débil, practicó la estrategia de los débiles y rehuyó la confrontación directa; pero ahora que es una superpotencia se comporta como tal. Mientras las grandes potencias europeas fueron poderosas, creyeron en la fuerza y la gloria marcial; pero ahora ven el mundo con ojos de potencias menores. Tan divergentes puntos de vista han engendrado distintos enfoques estratégicos; distintas estimaciones de qué constituye una amenaza (y de cual es el medio más apropiado para afrontarla); distintos cálculos de intereses y, en fin, distintas perspectivas sobre el valor y el significado del derecho y las instituciones internacionales.
Pero este desplazamiento del eje del poder explica, según el autor, sólo parcialmente la fisura abierta entre Estados Unidos y Europa, pues lo cierto es que junto con las consecuencias naturales del desequilibrio geopolítico transatlántico también se ha abierto una profunda sima ideológica. Europa debido a su experiencia histórica del siglo pasado - una experiencia única que culminó en la fundación de la Union Europea -, ha desarrollado un conjunto de ideales y principios tocantes a la utilidad y la moralidad de poder que difieren substancialmente de los ideales y principios de los estadounidenses, que no han compartido esa experiencia histórica.

Si hoy parece que el abismo estratégico entre Estados Unidos y Europa parece mayor es porque estas diferencias materiales e ideológicas se alimentan, según el autor, recíprocamente. Tanto de un lado como del otro del Atlántico. Generándose una visión identitaria tan diferente de lo que es Europa y lo que es Estados Unidos. En el concepto asignado al nos, o a uno mismo, y en la concepción de lo que supone el otro.

El autor alaba lo que llama el paraíso posmoderno. La unión Europea. Señala que los europeos no ambicionan poder en el mundo. Como la aspiró EE.UU. en sus inicios como potencia mundial, durante el tránsito entre el siglo XIX y XX. Para Europa no sería el gasto militar sino la concepción política en que se basa esa distribución del presupuesto. La misma concepción del poder. Si la diferencia de capacidad militar fuera la única traba, señala el autor, la solución vendría dada por la propia capacidad de Europa. Con una población con un alto nivel educativo, de 400 millones de seres y una economía de casi 10 billones de dólares, Europa dispondría de riqueza y capacidad tecnológica suficiente para convertirse en una potencia mundial en términos militares (Pues el autor da por supuesto correctamente que Europa es una potencia económica mundial en pié de igualdad con los Estados Unidos) … si los europeos quisieran convertirse en ese tipo de potencia mundial.

Europa se ha convertido, según Kagan, en un paraíso posmoderno, un lugar donde, a costa de ser lo que George Robertson llamó “Pigmeo militar”, se ha establecido un modelo económico, comercial y social pacifico que lleva a la práctica la pacificación del continente, basando las relaciones entre sus miembros en la cooperación y la buena vecindad. Y fue Estados Unidos quien lo hizo posible con su defensa militar de Europa tras la segunda guerra mundial, incluido el paraguas nuclear.

La vida europea se forjó mediante la diplomacia, las negociaciones, la paciencia, la creación de vínculos económicos, el compromiso político, los incentivos en vez de las sanciones, el consenso y la no confrontación, las aproximaciones paulatinas y la sobriedad de las ambiciones. La integración europea no se basó en la fuerza de la disuasión militar ni en el equilibrio de poderes, como antaño en Europa, sino en el rechazo del poder militar y de su utilidad como instrumento de política internacional, al menos dentro de los límites de Europa. Con la ayuda norteamericana a descargar a los europeos de la preocupación por la defensa del continente de la amenaza de la Unión Soviética, el paraíso comienzo a fraguarse y a tomar forma.

Estados Unidos veía en Europa un continente podrido, con guerras endémicas, que debía ser reducido a una potencia irrelevante estratégica y armamentísticamente (Roosevelt pretendía “provocar una reducción radical del peso relativo de Europa” posibilitando así “la retirada europea de la política mundial”). Roosevelt dijo “cuando hayamos ganado la guerra, trabajaré con todas mis fuerzas para procurar que Estados Unidos no se deje engatusar prestando su apoyo a cualquier plan que convenga a las ambiciones imperialistas de Francia, ni que coadyude o excite las ambiciones del Imperio Británico”. Un hecho que se vería clarificado en la crisis de Suez de 1956. Tales hechos motivaron e impulsaron más aun la idea de una Europa unificada.

Aunque se vieron obligados por los hechos a apoyar de una manera sin precedentes en la historia a los europeos, con presencia continua de tropas y misiles en suelo Europeo hasta la caída del muro de Berlín de manera masiva.
Los líderes estadounidenses, según Kagan, piensan que tanto la seguridad global como el orden liberal (y por supuesto también el paraíso posmoderno europeo) no tendría mucha vida si Estados Unidos no hace uso de su poderío en ese mundo que ellos llaman Hobbesiano y florece tras las fronteras exteriores del viejo continente.

Esto significaría que aunque Estados Unidos haya desempeñado y siga desempeñando un papel crucial en el viaje de Europa a ese paraíso kantiano, así como en la posibilidad misma de que exista, a los estadounidenses se les ha vedado entrar en él. Según Kagan, aunque han contribuido a construir los muros, los Estados Unidos siguen atascados en la Historia, relegados a ocuparse de los sátrapas del mundo, mientras es Europa quien se aprovecha.

Occidente fue la palabra que agrupaba a Estados Unidos y Europa. Para Europa sus instituciones son la Union Europea y la ONU. Para Estados Unidos la OTAN. Y de cara a futuro, el 11 de septiembre no cambió, según el autor, Estados Unidos, sino que lo hizo más estadounidense.

Kagan señala que el pasado de Estados Unidos ha buscado siempre convertirse en la mayor potencia mundial. Lograr la supremacía. Algo que se encuentra sobre los mitos del aislacionismo americano y del idealismo de los padres fundadores. No conocen, ciertamente la experiencia de fomentar ideales satisfactoriamente sin utilizar la fuerza. Y tampoco tienen la experiencia de una gobernanza supranacional coronada con éxito; ni grandes razones para depositar su fe en las instituciones y el derecho internacionales; ni menos aún motivos que les permitan viajar con los europeos más allá del poder. Los estadounidenses siguen pensando que cualquier ley que pueda existir para regular las relaciones internacionales existe porque hay una potencia como Estados Unidos que la defiende por la fuerza de las armas.
Al mirar a Europa deberian ver el milagro que es. Significa la materialización de un sueño largo. Un continente libre de animadversiones y disputas, de competición militar y carrera armamentística. Ha logrado que un conflicto en Europa sea inimaginable. Tanto para las potencias europeas como para las naciones que se vieron involucradas en las dos guerras mundiales debe suponer algo apreciado y merecedor de ser protegido.

A pesar de las diferencias y como conclusión del libro - ensayo señala un posible punto de encuentro para americanos y europeos. Estableciendo un Euroejército los europeos. Y refrenando las suspicacias los americanos. Tratando de tener una mayor sensibilidad hacia sus aliados y amigos. Presentar sus respetos al multilateralismo y al imperio de la ley, y tratar de acumular un capital político internacional para momentos como el actual, cuando el multilateralismo es imposible y la acción unilateral un hecho. Opina el autor que es incontestablemente mejor ganar apoyo material y moral de amigos y aliados, especialmente de Europa, en vez de actuar por cuenta propia. Emplear “regalos” de Europa, como la invocación del artículo 5 del tratado OTAN con ocasión del 11 de septiembre, desaprovechado por Estados Unidos. Kagan señala que son pasos que quizá no cierren la brecha trasatlántica, pero que sin duda ayudara a mejorar la intercomprensión mutua.
Dos riberas del mismo océano comparten, según el autor, valores y aspiraciones para la humanidad. Según como lo definieron los padres fundadores, el acercamiento entre Europa y Estados Unidos, supondría un “respeto decente por la opinión de la humanidad”.


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